19th
Sunday of Ordinary Time—B2006
1 Kings 19:4-8; John 6:41-51
Deacon Lee Hunt (St. Monica)
Physical and Spiritual Food
There is great physical hunger in our world, ranging from 5,000 people
here in Edmond who live below the poverty line to half of the world’s
population—3.3 billion people—who live on less that $2 per day.
I am reminded of this physical hunger each day because I lead our
parish efforts to support families in Peru who live on less than $2 per
day. Peru is a country where 45% of the people are unemployed because
of past mistakes by their government that destroyed the country’s
economy. Our parish helps make a difference in Peru one family at a
time.
Six years ago my family began supporting a family of three in Peru. We
began because it seemed like the right thing to do. Four years ago I
made my first trip to Peru and spent time with our family and saw that
they lived in a small “hut” with practically nothing in it. The father
works periodically when he can find a job. Before I left on the trip, I
told them that I could baptize their daughter, if necessary. They wrote
back and asked if I would also marry them. Both sacraments took place.
Last month I visited our family again and noticed that their physical
hunger is less. Their daughter, Mileny, who in past years sat on my lap
during daily Mass, has put on enough weight to make my leg go asleep.
Also, at almost eight years old, Mileny’s head already reaches her
mother’s shoulder. The whole family is healthier because of monthly
food packages of $25 in addition to vitamins that we ship to them.
While these efforts are a step in the right direction, and although the
statistics quoted above are staggering, they pertain solely to physical
hunger. Equally alarming are the statistics which estimate that
approximately three billion members of the human family suffer from
chronic spiritual hunger and/or malnutrition. These hunger pangs must
also be recognized since they can be just as lethal as their physical
counterparts.
In today’s first reading, the spiritually hungry are offered the
example of Elijah. Dedication to his prophetic ministry had made him
persona non grata at the court of Ahab and his scheming bride Jezebel.
Just when Elijah thought all was lost and prayed for death, God renewed
him. His physical appetite was satisfied with a hearth cake and water;
his spiritual needs were quenched by the supportive presence of God.
Because the prophet spoke forth the truth for God, he was not to suffer
the hunger of abandonment and despair.
Continued in today’s gospel is the bread of life discourse through
which the evangelist illustrates that Jesus, who had ministered to the
physical hunger of the crowd, was also attentive to their spiritual
cravings. Breaking open the barley loaves, he had nourished their
bodies; now he was breaking open the bread of his teaching in order to
feed their minds and hearts. Jesus’ invitation to hear and to learn, to
come to him, to eat and to believe so as to live forever is as timely
now as it was 2000 years ago.
Again, in Peru by helping meet physical needs, I see spiritual needs
being met. At first some people were so depressed by not being able to
feed their children that they wanted to die. Slowly, people began
moving from despair to hope as we began supporting their food needs.
Our own adopted family is now married in the Church and goes to
Communion with us when we visit them.
This year I received photos of the pastor in Peru personally delivering
the first food packages to 24 newly adopted families in the rural
village of La Piedra. He asked the families to go to church each week
to pray for their St. Monica families. I can assure you that they do
when I see every Sunday Mass overflowing with worshipers, and the
weekday Masses half full.
We are the hands and feet of Jesus today. In the Our Father, we say
“give us this day our daily bread.” If we are living on excess daily
bread—more than $2 per day, then we must decide how we can share our
daily bread with the 3.3 billion people in the world who live on less.
Each week the Church puts our gathered assembly in touch with food that
will satisfy its hungers. Each week our community is fed with the bread
of life, in both word and sacrament. Nourished by this essential food,
each of us receives the strength needed for continuing to live our own
lives as well as to help others.
XIX
Domingo Ordinario—B2006
1 Reyes 19:4-8; Juan 6:41-51
Deacon Lee Hunt (Santa Monica)
Alimento Físico y Espiritual
Hay un gran hambre física en nuestro mundo. Se extiende de las
cinco mil personas aquí en Edmond que viven bajo el nivel de la
pobreza y llega hasta la mitad de la populación del mundo,
tres-punto-tres billones de personas que sobreviven con menos de dos
dólares al día.
Me acuerdo de esto cada día porque yo dirijo los esfuerzos de
nuestra parroquia para apoyar a familias en el Perú que
sobreviven con menos de dos dólares al día. El
Perú es un país donde cuarenta y cinco por ciento de la
gente carece de empleo a causa de errores cometidos por su gobierno que
destruyó la economía del país. Nuestra parroquia
asiste en crear una diferencia en el Perú una familia a la vez.
Hace seis años que mi familia empezó a apoyar a una
familia de tres personas en el Perú. Empezamos porque nos
pareció que eso era justo lo que había que hacer. Hace
cuatro años que hice mi primer viaje al Perú, pasé
tiempo con nuestra familia y vi que vivían en una choza
pequeña que contenía casi nada. El padre trabaja de vez
en cuando si puede encontrar algún trabajo. Antes de ir al
Perú, le dije a la familia que yo bautizaría a su hija,
si era necesario. Me escribieron pidiéndome que también
uniera a los padres en matrimonio. Los dos sacramentos tuvieron lugar.
El mes pasado volví a visitar a nuestra familia y me di cuenta
que su hambre física se había aplacado. Su hija, Mileny,
que en el pasado se había sentado en mi regazo durante la misa
diaria, había ganado suficiente peso que mi pierna se
adormeció. Además, con casi ocho años, la cabeza
de Mileny ya alcanza los hombros de su madre. Toda la familia
está de mejor salud a causa de los alimentos mensuales de
veinticinco dólares, aumentados con las vitaminas que les
mandamos.
Mientras estos esfuerzos son un paso correcto, y, aunque los datos del
hambre mundial son asombrosos, sólo tienen que ver con el hambre
física. Así de asombrosos son los datos que opinan que
casi tres billones de los miembros de la familia humana sufren de un
hambre espiritual crónico y otro,
desnutrición. Estas punzadas de hambre también necesitan
ser reconocidas, ya que pueden ser tan fatales como el hambre que es
física.
En la primera lectura de hoy, los que sufren de hambre espiritual
tienen el ejemplo de Elías. Su dedicación a su ministro
profético lo había hecho persona no aceptada en la corte
de Acab y su novia maquinadora, Jezabel. Justo cuando Elías
creía que todo se había perdido y deseaba morir, Dios le
dio vida nueva. Su apetito físico se satisfació con pan
cocido y agua; sus necesidades espirituales fueron saciadas por la
presencia de Dios que lo sostenía. A causa de que el profeta
declaró la verdad por Dios, Elías no iba a sufrir el
hambre de abandono ni desesperación.
A continuación, el evangelio de hoy es el discurso del pan de la
vida, por el cual el evangelista muestra que Jesús, que
había atendido al hambre física de la muchedumbre,
también estaba atento a sus anhelos espirituales. Partiendo los
panes de cebada, él había alimentado sus cuerpos; ahora
estaba partiendo el pan de su doctrina para alimentar sus mentes y sus
corazones. La invitación de Jesús a oír y
aprender, de acercarse a él, comer y creer para vivir para
siempre, es tan oportuno ahora como era hace dos mil años.
De nuevo, en el Perú, en ayudando a satisfacer las necesidades
físicas, veo las necesidades espirituales satisfechas. Al
principio, la gente estaba tan deprimida al no poder alimentar a sus
hijos, que hasta queria morir. Poco a poco, la gente empezó a ir
de la desesperanza a la esperanza según empezamos a sostener sus
necesidades alimentarias. Nuestra propia familia adoptada está
unida en matrimonio católico y ellos van a comulgar con nosotros
cuando los visitamos.
Este año recibí fotos del pastor en el Perú que
personalmente llevó los primeros alimentos a las veinte y cuatro
familias recien adoptadas en el pueblo rural de La Piedra. El pastor
les pidió a las familias que fueran a la iglesia cada semana
para orar por sus familias de la parroquia de Santa Mónica. Yo
les puedo asegurar que ellos van porque cada domingo yo veo cada misa
rebosando con los fieles, y las misas de la semana están casi
llenas.
Hoy nosotros somos las manos y los pies de Jesús. En el Padre
Nuestro, decimos “Danos hoy nuestro pan de cada día.” Si
nosotros vivimos con un exceso de pan de cada día, es decir,
más de dos dólares por día, entonces debemos
decidir como podemos compartir nuestro pan diario con los
tres-punto-tres billones de personas del mundo que viven con menos.
Cada semana, la iglesia pone a nuestra asamblea reunida en contacto con
alimentos que satisfacen su hambre. Cada semana, nuestra comunidad se
alimenta con el pan de vida, ambos en la palabra y en el sacramento.
Alimentados por esta nutrición esencial, cada uno de nosotros
recibe la fuerza necesaria para seguir viviendo nuestras vidas
así como asistir a otros