7th
Sunday of Ordinary Time—C2007
Luke 6:27-38
Deacon Lee Hunt (St. Monica)
Forgive Your Enemies
Each time I contemplate this gospel reading, my first thought is “Wow!”
Who is capable of loving, doing good, blessing, and praying for their
enemies in cases like we just heard? Then I do more reading to see if
Jesus really meant something else? The answer is “no;” these comments
are to be the norm for Christians. Still want to be one?
The key to being able to treat our enemies well is that we must first
forgive them. Well, this doesn’t seem to make the situation any easier.
Some people hang on to not forgiving right up to their death. My wife
ministered to an elderly lady who was dying and who could not forgive
her daughter for something that happened in the past. Finally, as she
drew very close to her end, she reconciled with her daughter and then
died a liberating peace. It’s scary to think that not everyone forgives
before they die, because the gospel says, “Forgive and you will be
forgiven.”
Earlier in the gospel, Jesus named his disciples who had decided to
follow him after seeing his healings. Now he was teaching them what
they would have to do to become true followers. Up until then, the Old
Testament teaching was to love God and neighbor. Love of neighbor
meant, “My friend loves me, I love my friend.” However, it also meant,
“My enemy hates me, I hate my enemy.” Jesus ratcheted up interpersonal
relationships to include love of enemies. The so-called Golden rule of,
“do as you would have done to you,” became, “do as God would do.” The
disciples were being challenged to change their ways.
Today’s culture does not make loving our enemies any easier. We
sometimes hear, “Favor whoever favors you” and “Give no quarter to
adversaries,” or “Do onto others as they do onto you.”
Using the Old Testament concept of “an eye for an eye, a tooth for a
tooth,” leads to rationalization by some for use of the death penalty
in the United States. Jesus’ teaching on loving enemies is ignored
because it is harder to do. Being Christian is not always easy.
Has 9-11 and terrorism driven us father away from “love our enemies?”
How do we feel about undocumented immigrants? Can we forgive them for
being here even though they need to adequately feed their families?
There are good models for us of forgiving enemies. For example, Pope
John Paul II, after recovering from his gunshot wounds, visited his
attempted assailant in jail and assured him of his forgiveness. Another
example is that of the Amish in Pennsylvania who last year forgave the
man who shot ten of their children, five of whom died. Passages from
the New Testament are taken literally in this community, and the Amish
believe that they need to love their enemies, which may be beyond the
ability of most people, especially so close in time to the murders.
Their community realizes that it has to move on.
The Inuit people of Alaska have a term for forgiveness that is a
24-letter, compound word, which means
not-being-able-to-think-about-it-anymore. This term implies that the
one who forgives will also forget. What a freeing thought! Forgiveness
is a noble gift, and when it is authentically offered and genuinely
received, it stirs amazement in our hearts.
But, a gift of forgiveness, which is followed by constant reminders of
the other’s past guilt, is not a gift at all. There is no forgiveness
or freedom if dredged-up and hurtful memories of faraway sins are
brought up again and again. Nothing defeats the freedom of being
forgiven more quickly than a comment like “I told you so” or “There you
go again” or “You’ll never change!” For this reason, the lengthy Inuit
term for forgiveness is precisely the quality of forgiveness that we
are invited to put into practice.
As I said at the beginning, “Who is capable of loving their enemies?”
Jesus’ first disciples and we cannot help but wonder what resources
make these demands possible. An answer to this question lies in the
disciples themselves. Before Pentecost, they tended to lean toward
their old ways of responding in kind to others. But after Jesus’ saving
death and resurrection, and after they were transformed by the Spirit,
they could love their enemies.
If we look only to ourselves and to our own resources, the demands of
today’s gospel reading are impossible. But by praying to the Holy
Spirit, even the impossible can become a way of life, a life that will,
in turn, transform the world.
Are we transforming the world by loving our enemies? If so, then, when
we are judged, we will become children of the Most High.
7º
Domingo Ordinario—C2007
Lucas 6:27-38
Diácono Lee Hunt (S. Monica)
Perdona a Tus Enemigos
Cada vez que considero esta lectura del evangelio,
mi primer pensamiento es “¡Wow!”
¿Quién es el que es capaz de amar, hacer lo bueno,
bendecir,
y orar por sus enemigos en casos como los que acabamos de oír?
Luego leo más para ver si Jesús en realidad quería
decir otra cosa.
La respuesta es “no”;
este comentario debe ser la norma para los cristianos.
¿Todavía quiere ser usted uno?
La clave para poder tratar a nuestros enemigos bien
es que primero necesitamos perdonarlos.
Bueno pues, esto no parece mejorar la situación.
Algunas personas persisten en conservar el no perdonar
justo hasta la hora de morir.
Mi esposa atendió a las necesidades de una señora ya
grande
que estaba muriéndose
y no podía perdonar a su hija por algo que había sucedido
en el pasado.
Por fin, cuando ya estaba al punto de morir,
se reconcilió con su hija y tuvo una muerte liberadora.
Es algo espantoso pensar que no todos pueden perdonar antes de morir,
porque el evangelio dice, “Perdona y serás perdonado.”
Antes, en el evangelio, Jesús había nombrado a sus
discípulos
que habían decidido seguirlo después de ver sus
curaciones.
Ahora les estaba enseñando lo que tendrían que hacer
para ser seguidores verdaderos.
Hasta ese punto, la enseñanza del Antiguo Testamento
había sido que se amara a Dios y al prójimo.
Amor al prójimo significaba, “Mi amigo me ama, yo amo a mi
amigo.”
Sin embargo, también significaba,
“Mi enemigo me odia, yo odio a mi enemigo.”
Jesús forzó la situación en cuanto a relaciones
interpersonales
a incluir el amor a los enemigos.
La regla de oro de “haz lo que deseas que te hagan,”
se convirtió en “haz lo que Dios haría.”
Los discípulos recibieron el desafío de cambiar su manera
de portarse.
La cultura de hoy día no facilita amar a nuestros enemigos.
A veces oímos, “Favorece a quien de favorezca”
y “No dar cuartel a los adversarios,”
o, “Haz al prójimo lo que el prójimo te hace.”
Usando el concepto del Antiguo Testamento
de “ojo por ojo, diente por diente,” muestra el camino,
para algunos, de racionalizar la pena de muerte en los Estados Unidos.
La enseñanza de Jesús de amar a los enemigos
no se le hace caso porque es más difícil hacerlo.
Ser cristiano no es siempre fácil.
¿Es que el nueve de septiembre, o sea, nueve-once, y el
terrorismo
nos ha llevado más lejos de “ama a tus enemigos”?
¿Cómo nos sentimos acerca de inmigrantes no documentados?
¿Podemos perdonarlos por estar aquí
a causa de sus necesidad de dar de comer a sus familias?
Hay buenos modelos para nosotros de perdonar.
Por ejemplo, el Papa Juan Pablo segundo,
después de recuperarse de las heridas de bala,
visitó a su asaltante en la carcel y lo aseguró de su
perdón.
Otro ejemplo es de los Amish en Pensilvania quienes el año pasado
perdonaron al hombre que disparó contra diez de sus niños,
de los que murieron cinco.
Hay pasajes en el Nuevo Testamento
que esta comunidad toma al pie de la letra,
y los Amish creen que necesitan amar a sus enemigos,
cosa que tal vez llegue más allá de la aptitud de la
mayor parte de personas,
especialmente tan cerca al momento de los asesinatos.
Esta comunidad sabe que tiene que seguir adelante.
Los esquimales de Alaska tienen una expersión para perdonar
que es una palabra de veinticuatro letras
que significa ya-no-ser-capaz-de-pensarlo-más.
Esta expresión implica que el que perdona también lo
olvidará.
¡Que pensamiento más liberador!
El perdonar es un regalo noble,
y cuando se ofrece auténticamente y es realmente recibido,
causa un gran revuelvo de asombre dentro de nuestros corazones.
Pero un regalo de perdón
que se sigue por recuerdos constantes de la culpa de alguien en el
pasado,
no es regalo del todo.
No hay perdón ni libertad,
si recuerdos dolorosos de pecados pasados
se sacan a relucir una y otra vez.
No hay ninguna otra cosa que derrote la libertad
de ser perdonando más rapido
que un comentario como “¡Yo te lo dije”
o “¡Allí vas otra vez?”
o “¡Tú nunca cambiarás!”
Por esta razón, la expresión larga de los esquimales para
el perdón
es precisamente la calidad de perdón
al cual somos invitados a poner en práctica.
Como dije al principio, “¿Quién es capaz de amar a sus
enemigos?”
Los primeros discípulos de Jesús y nosotros
no podemos evitar preguntarnos
¿qué recursos hay para hacer posible estas exigencias?
La respuesta a esta pregunta queda en los discípulos mismos.
Antes de Pentecostés, los discípulos solían
apoyarse
hacia las maneras del pasado para pagar en especie al prójimo.
Pero después de la muerte y resurrección salvadoras de
Jesús,
y después de ser transformados por el Espíritu,
entonces eran capaces de amar a sus enemigos.
Si nos miramos solamente a nosotros por recursos,
las exigencias del evangelio de hoy son imposibles.
Pero orando al Espíritu Santo,
aún lo imposible puede llegar a ser un modo de vida,
una vida que, a su vez, transformará al mundo.
¿Estamos nosotros transformando al mundo
con amar a nuestros enemigos?
Si así es, entonces,
cuando seamos juzgados, seremos hijos e hijas del Altísimo.